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Por Alejandro A. Tagliavini

Mientras que lo gratuito es injusto, el lucro es un imperativo moral

Mientras que lo gratuito es injusto, el lucro es un imperativo moral
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(Foto: Cibeles AI)
Por Alejandro A. Tagliavini

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La cultura occidental ha hecho un culto de la “gratuidad” y, consecuentemente, condena lo que no es gratis como pecaminoso lo mismo que al comercio y el afán de lucro. Y todo esto se da contra la naturaleza -humana-, contra el orden del cosmos de modo que no tiene solución, el hombre no tiene solución dirían los “humanistas” que pretenden que todo sea gratis cuando lo que no tiene solución es la hipótesis que plantean porque es contraria a la verdad, ergo, al bien.

En un video de Natureisspeaking.com, con la voz de Julia Roberts, “la Madre Naturaleza” asegura que «ya tengo más de 4500 millones de años, estoy preparada para evolucionar, no necesito a los humanos, sino que ellos me necesitan a mí, no importa lo que el hombre haga, si me sigue evoluciona conmigo sino se destruye». Claramente la idea es respetar a la naturaleza y seguirla y no pretender desviarla con la soberbia humana.
Esta “Madre” tiene previsto dar aquello que es necesario para la vida, o puesto a la inversa, si no tuviera previsto darle a la humanidad lo necesario ya habríamos desaparecido, y no estaría escribiendo esto que hoy es verdad. Ha previsto que las cosas más básicas sean accesibles a todos, empezando por el aire, el oxígeno, que está al alcance fácil y tan accesible a todos, tan “ofertado” que, en principio, es gratuito. Luego, con los alimentos pareciera que no es igual, sin embargo, sí lo es como veremos.
Entonces, para evitarlo, es importante ver cómo los humanos dejamos de seguir a la naturaleza y eso ocurre con el uso de la violencia que los griegos, como Aristóteles, ya la definieron, precisamente, como la fuerza extrínseca que pretende desviar el desarrollo intrínseco -espontáneo- natural de la vida, por caso, la fuerza que pretende desviar la voluntad y desarrollo propio de la persona. Ergo, equivale a quitar libertad. Y, como el Estado se arroga el monopolio de la violencia, pareciera que es el principal sujeto que impone un desvío del camino natural.
Así, un mercado -el conjunto de todos los habitantes de un lugar- natural es un mercado “libre” de violencia, que se desarrolla espontáneamente, intrínsecamente por sus propias fuerzas y potencias sin que ningún tercero pretenda violentamente desviar su desarrollo.
Y así la desocupación es inexistente desde que trabajo sobre abunda ya que es la creación de bienes y servicios desde la nada, es decir, siempre se puede encontrar algo para crear en tanto nadie lo prohíba coactivamente. Por casos, consideremos el enorme déficit que tiene la humanidad en todos los aspectos, desde alimentación hasta habitación, hospitales para construir, etc., mucho por hacer. La desocupación aparece, precisamente, cuando el Estado impone un salario mínimo dejando desempleados a los que ganarían menos, los más pobres, los más necesitados.
Sin desocupación, todos tienen ingresos, y entonces aparecen los precios que son el árbitro entre el dinero en manos del mercado y las necesidades y deseos. Por cierto, cuanto más necesario es un producto, mayor es la disposición a pagar por él y así suben los precios y entonces aumenta la producción, aunque el precio no es infinito, no puede subir más del dinero que hay en el mercado.
Ahora, resulta que el mundo produce suficientes alimentos para toda la población global, los 8200 millones de seres humanos y todavía sobra para 3000 millones más. Es lógico, la naturaleza, infinitamente sabia y muy anterior al hombre, los produce en abundancia.
Por qué no están al alcance de todos, por qué no son gratuitos y de fácil acceso. Porque son físicamente más pesados, ergo, no se distribuyen por sí mismos como el aire, sino que necesitan ser transportados, necesitan trabajo de transporte y eso tiene un costo, ergo, tendrán un precio más allá del costo de producción que depende de cada alimento, aunque los hay incluso gratuitos como los que crecen naturalmente sin intervención humana.
Entonces, según la curva de oferta y demanda, si los víveres en total sobre abundan, su precio promedio debería ser muy bajo sino cero o, más aún, quizás deberían pagarnos para recoger los sobrantes ya que pueden ser un estorbo de almacenamiento. El costo fundamental -y luego el precio- insisto, es un costo de logística, de recolección y transporte.
Pero si en un mercado natural todos tienen trabajo podrán ocurrir dos cosas. Primero, lo más creíble, que el sueldo alcance para comprar los alimentos de otro modo nadie trabajaría ya que terminaría muerto por inanición. Pero si no alcanzara, como es un problema de transporte, las personas migrarían a lugares cercanos a la producción hasta que el sueldo alcance para comprarlos.
Entonces, si hoy hay hambre se debe a tres motivos, porque la gente no tiene trabajo, porque el sueldo no alcanza y/o porque no pueden trasladarse a la cercanía de la elaboración. Estos tres casos, como vimos, no se dan naturalmente, sino que algo extrínseco está interfiriendo el desarrollo natural. Y aquello extrínseco es la violencia ejercida por el Estado que provoca varias injusticias, esto es, fuerza a la sociedad a dejar de seguir, aleja al hombre de la madre naturaleza de varios modos.
Al imponer impuestos que disminuyen los salarios, y encarecen los productos y su transporte. Impuestos que recaen con más fuerza sobre los más pobres ya que, cuánto más alta es la capacidad económica de una persona, más deriva las cargas fiscales hacia abajo, por caso, los empresarios las pagan subiendo precios encareciendo los productos a los más pobres.
Luego se espera que el Estado provea comida gratis lo que, irónicamente, es una gran injusticia porque no resulta gratuita -desde que tiene un costo- sino que se paga con esos impuestos que recaen con más fuerza sobre los más necesitados. En otras palabras, a los pobres se les quita dinero con el que se pagan los sueldos de los burócratas estatales más algún porcentaje que siempre “se pierde” en el camino y, con lo que sobra, que es menos que lo que aportaron los pobres, les devuelven alimentos “gratuitos”.
De aquí que, lo nefasto, lo destructivo no es el gasto estatal que, eventualmente podría ser solventado con la venta de las casi infinitas propiedades estatales, sino la recaudación fiscal que quita recursos al mercado, sobre todo a los pobres, para devolverles menos de lo que aportaron.
Otro modo en que el Estado crea hambre es con la desocupación, con las leyes laborales, como la del salario mínimo que impiden que trabajen los que ganarían menos como vimos. Y finalmente provocando serias dificultades a la logística y el transporte y con fronteras y otras trabas que impiden la libre migración de personas hacia lugares en donde su salario sea suficiente para comprar comida.
Para terminar, dejemos claro que el trabajo, el comercio y el necesario afán de lucro (creado y querido por la «madre naturaleza» como sana motivación para mejorar en el servicio al cliente, al prójimo) son los instrumentos del orden natural para que el hombre coopere, pacíficamente y en comunidad, en la creación. En un mercado natural, donde nada se adquiere violentamente, solo se puede ganar dinero atrayendo clientes, es decir, sirviéndolos mejor o, dicho a la inversa, gana más dinero quién mejor sirve, de aquí la virtud del afán de lucro.

*Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California
En X @alextagliavini
www.alejandrotagliavini.com

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